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dilluns, 19 de setembre de 2011

LI DIUEN DEMOCRÀCIA PERÒ NO HO ÉS

Per la llibertat de participació a les Eleccions del 20N


Les eleccions generals del 20N es desenvoluparan sota una Llei Electoral que ja era escandalosament antidemocràtica. Però en aquesta ocasió hi ha una nova i gravíssima retallada democràtica fabricada pel PSOE i el PP, amb el suport de CiU i el PNB. Es tracta d’una reforma de la Llei Orgànica de Règim Electoral General (LOREG) aprovada el passat 28 de gener que obliga a tots els partis i coalicions que no tinguin representació parlamentària a recollir el 0’1% de les firmes de les persones amb dret a vot de cada circumscripció. Així, una candidatura que es volgués presentar a les 51 circumscripcions de l’Estat espanyol hauria de recollir més de 35.000 firmes, i una que es volgués presentar a les quatre circumscripcions de Catalunya, més de 5.400, convenientment ponderades per província i presentar-les en el periode comprès entre el 27 de septembre, data oficial de convocatòria de les eleccions, i el 17 d’octubre plaç límit per a l’entrega de les candidatures. Aquesta mesura busca excluir de la participació electoral a una sector molt important de la ciutadania que no s’identifica amb els actuals partits parlamentaris i suposa un gravíssim atac als drets democràtics bàsics, que s’afegeix a les retallades socials que ja estem patint. Per aturar aquesta involució democràtica i exigir la derogació d’aquesta disposició de la LOREG s’ha posat en marxa una campanya de recollida de signatures.
Firma contra la reforma antidemocràtica de la Llei Electoral:
Volem unes eleccions lliures!

dimarts, 26 de juliol de 2011

dimarts, 19 de juliol de 2011

DEBAT IDEOLÒGIC

Daniel Bensaïd

Potencias del comunismo


Escrito: En 2009 en preparación para la conferencia Puissances du communisme (de quoi communisme est-il aujourd'hui le nom?) a realizarce del 22 al 23 de enero de 2010 en Paris.
Publicada por vez primera: Daniel Bensaïd, "Puissances du communisme", Contretemps, nº 4, diciembre 2009.
Version al castellano: Alberto Nadal para VIENTO SUR; publicado en VIENTO SUR nº 108 y por internet en vientosur.info, 12 de enero 2010.
Fuente del presente texto: Daniel Bensaïd, Potencias del comunismo; descargado 17 de enero de 2010.
Esta edición: Marxists Internet Archive, enero de 2010.
Derechos sobre el texto: Creative Commons License By-NC-SA 2.0 por VIENTO SUR, 2010.

 
 
En un artículo de 1843 sobre “los progresos de la reforma social en el continente”, el joven Engels (recién cumplidos los 20 años) veía el comunismo como “una conclusión necesaria que se está claramente obligado a sacar a partir de las condiciones generales de la civilización moderna”. Un comunismo lógico en suma, producto de la revolución de 1830, en la que los obreros “volvieron a las fuentes vivas y al estudio de la gran revolución y se apoderaron vivamente del comunismo de Babeuf”.
Para el joven Marx, en cambio, este comunismo no era aún más que “una abstracción dogmática”,“manifestación original del principio del humanismo”. El proletariado naciente se había “echado en brazos de los doctrinarios de su emancipación”, de las “sectas socialistas”, y de los espíritus confusos que “divagan como humanistas” sobre “el milenio de la fraternidad universal” como “abolición imaginaria de las relaciones de clase”. Antes de 1848, este comunismo espectral, sin programa preciso, estaba presente pues en el aire del tiempo bajo las formas “poco pulidas” de las sectas igualitarias o de ensueños icarianos.
Sin embargo, ya entonces la superación del ateísmo abstracto implicaba un nuevo materialismo social que no era otra cosa que el comunismo: “Igual que el ateísmo, en tanto que negación de Dios, es el desarrollo del humanismo teórico, también el comunismo, en tanto que negación de la propiedad privada, es la reivindicación de la vida humana verdadera”. Lejos de todo anticlericalismo vulgar, este comunismo era “el desarrollo de un humanismo práctico”, para el cual no se trataba ya sólo de combatir la alienación religiosa, sino la alienación y la miseria sociales reales de donde nace la necesidad de religión.


De la experiencia fundadora de 1848 a la de la Comuna, el “movimiento real” que busca abolir el orden establecido tomó forma y fuerza, disipando las “locuras sectarias”, y dejando en ridículo “el tono de oráculo de la infalibilidad científica”. Dicho de otra forma, el comunismo, que fue primero un estado de espíritu o “un comunismo filosófico”, encontraba su forma política. En un cuarto de siglo, llevó a cabo su muda: de sus modos de aparición filosóficos y utópicos a la forma política por fin encontrada de la emancipación.

1. Las palabras de la emancipación no han salido indemnes de las tormentas del siglo pasado. Se puede decir de ellas, como de los animales de la fábula, que no han quedado todas muertas, pero que todas han sido gravemente heridas. Socialismo, revolución, anarquía incluso, no están mucho mejor que comunismo. El socialismo se ha implicado en el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, en las guerras coloniales y las colaboraciones gubernamentales hasta el punto de perder todo contenido a medida que ganaba en extensión. Una metódica campaña ideológica ha logrado identificar a ojos de muchos la revolución con la violencia y el terror. Pero, de todas las palabras ayer portadoras de grandes promesas y de sueños de porvenir, la de comunismo ha sido la que más daños ha sufrido debido a su captura por la razón burocrática de Estado y de su sometimiento a una empresa totalitaria. Queda sin embargo por saber si, de todas estas palabras heridas, hay algunas que vale la pena reparar y poner de nuevo en movimiento.

2. Es necesario para ello pensar lo que ha ocurrido con el comunismo del siglo XX. La palabra y la cosa no pueden quedar fuera del tiempo de las pruebas históricas a las que han sido sometidos. El uso masivo del título “comunista” para designar el Estado liberal autoritario chino pesará mucho más durante largo tiempo, a ojos de la gran mayoría, que los frágiles brotes teóricos y experimentales de una hipótesis comunista. La tentación de sustraerse a un inventario histórico crítico conduciría a reducir la idea comunista a “invariantes” atemporales, a hacer de ella un sinónimo de las ideas indeterminadas de justicia o de emancipación, y no la forma específica de la emancipación en la época de la dominación capitalista. La palabra pierde entonces en precisión política lo que gana en extensión ética o filosófica. Una de las cuestiones cruciales es saber si el despotismo burocrático es la continuación legítima de la revolución de Octubre o el fruto de una contrarrevolución burocrática, verificada no sólo por los procesos, las purgas, las deportaciones masivas, sino también por las conmociones de los años treinta en la sociedad y en el aparato de Estado soviético.

3. No se inventa un nuevo léxico por decreto. El vocabulario se forma con el tiempo, a través de usos y experiencias. Ceder a la identificación del comunismo con la dictadura totalitaria estalinista sería capitular ante los vencedores provisionales, confundir la revolución y la contrarrevolución burocrática, y clausurar así el capítulo de las bifurcaciones, único abierto a la esperanza. Y sería cometer una irreparable injusticia hacia los vencidos, todas las personas, anónimas o no, que vivieron apasionadamente la idea comunista y que la hicieron vivir contra sus caricaturas y sus falsificaciones. ¡Vergüenza a quienes dejaron de ser comunistas al dejar de ser estalinistas y que no fueron comunistas más que mientras fueron estalinistas![1]

4. De todas las formas de nombrar “al otro” necesario y posible del capitalismo inmundo, la palabra comunismo es la que conserva más sentido histórico y carga programática explosiva. Es la que evoca mejor lo común del reparto y de la igualdad, la puesta en común del poder, la solidaridad enfrentada al cálculo egoísta y a la competencia generalizada, la defensa de los bienes comunes de la humanidad, naturales y culturales, la extensión a los bienes de primera necesidad de un espacio de gratuidad (desmercantilización) de los servicios, contra la rapiña generalizada y la privatización del mundo.

5. Es también el nombre de una medida diferente de la riqueza social de la de la ley del valor y de la evaluación mercantil. La competencia “libre y no falseada” reposa sobre “el robo del tiempo de trabajo de otro”. Pretende cuantificar lo incuantificable y reducir a su miserable común medida, mediante el tiempo de trabajo abstracto, la inconmensurable relación de la especie humana con las condiciones naturales de su reproducción. El comunismo es el nombre de un criterio diferente de riqueza, de un desarrollo ecológico cualitativamente diferente de la carrera cuantitativa por el crecimiento. La lógica de la acumulación del capital exige no sólo la producción para la ganancia, y no para las necesidades sociales, sino también “la producción de nuevo consumo”, la ampliación constante del círculo del consumo “mediante la creación de nuevas necesidades y por la creación de nuevos valores de uso”… “De ahí la explotación de la naturaleza entera” y “la explotación de la tierra en todos los sentidos”. Esta desmesura devastadora del capital funda la actualidad de un eco-comunismo radical.

6. La cuestión del comunismo es primero, en el Manifiesto Comunista, la de la propiedad: “Los comunistas pueden resumir su teoría en esta fórmula única: supresión de la propiedad privada” de los medios de producción y de cambio, a no confundir con la propiedad individual de los bienes de uso. En “todos los movimientos”, “ponen por delante la cuestión de la propiedad, a cualquier grado de evolución que haya podido llegar, como la cuestión fundamental del movimiento”. De los diez puntos que concluyen el primer capítulo, siete conciernen en efecto a las formas de propiedad: la expropiación de la propiedad terrateniente y la afectación de la renta de la tierra a los gastos del Estado; la instauración de una fiscalidad fuertemente progresiva; la supresión de la herencia de los medios de producción y de cambio; la confiscación de los bienes de los emigrados rebeldes, la centralización del crédito en una banca pública; la socialización de los medios de transporte y la puesta en pie de una educación pública y gratuita para todos; la creación de manufacturas nacionales y la roturación de las tierras sin cultivar. Estas medidas tienden todas ellas a establecer el control de la democracia política sobre la economía, la primacía del bien común sobre el interés egoísta, del espacio público sobre el espacio privado. No se trata de abolir toda forma de propiedad, sino “la propiedad privada de hoy, la propiedad burguesa”, “el modo de apropiación” fundado en la explotación de unos por los otros.

7. Entre dos derechos, el de los propietarios a apropiarse de los bienes comunes, y el de los desposeídos a la existencia, “es la fuerza la que decide”, dice Marx. Toda la historia moderna de la lucha de clases, de la guerra de los campesinos en Alemania a las revoluciones sociales del siglo pasado, pasando por las revoluciones inglesa y francesa, es la historia de este conflicto. Se resuelve por la emergencia de una legitimidad opuesta a la legalidad de los dominantes. Como “forma política al fin encontrada de la emancipación”, como “abolición” del poder de Estado, como realización de la república social, la Comuna ilustra la emergencia de esta legitimidad nueva. Su experiencia ha inspirado las formas de autoorganización y de autogestión populares aparecidas en las crisis revolucionarias: consejos obreros, soviets, comités de milicias, cordones industriales, asociaciones de vecinos, comunas agrarias, que tienden a desprofesionalizar la política, a modificar la división social del trabajo, a crear las condiciones de extinción del Estado en tanto que cuerpo burocrático separado.

8. Bajo el reino del capital, todo progreso aparente tiene su contrapartida de regresión y de destrucción. No consiste in fine “más que en cambiar la forma de la servidumbre”. El comunismo exige una idea diferente y unos criterios diferentes de los del rendimiento y de la rentabilidad monetaria. A comenzar por la reducción drástica del tiempo de trabajo obligatorio y el cambio de la noción misma de trabajo: no podrá haber completo desarrollo individual en el ocio o el “tiempo libre” mientras el trabajador permanezca alienado y mutilado en el trabajo. La perspectiva comunista exige también un cambio radical de la relación entre el hombre y la mujer: la experiencia de la relación entre los géneros es la primera experiencia de la alteridad y mientras subsista esta relación de opresión, todo ser diferente, por su cultura, su color, o su orientación sexual, será víctima de formas de discriminación y de dominación. El progreso auténtico reside enfin en el desarrollo y la diferenciación de necesidades cuya combinación original haga de cada uno y cada una un ser único, cuya singularidad contribuya al enriquecimiento de la especie.

9. El Manifiesto concibe el comunismo como “una asociación en la que el libre desarrollo de cada cual es la condición del libre desarrollo de todos”. Aparece así como la máxima de un libre desarrollo individual que no habría que confundir, ni con los espejismos de un individualismo sin individualidad sometido al conformismo publicitario, ni con el igualitarismo grosero de un socialismo de cuartel. El desarrollo de las necesidades y de las capacidades singulares de cada uno y de cada una contribuye al desarrollo universal de la especie humana. Recíprocamente, el libre desarrollo de cada uno y de cada una implica el libre desarrollo de todos, pues la emancipación no es un placer solitario.

10. El comunismo no es una idea pura, ni un modelo doctrinario de sociedad. No es el nombre de un régimen estatal, ni el de un nuevo modo de producción. Es el de un movimiento que, de forma permanente, supera/suprime el orden establecido. Pero es también el objetivo que, surgido de este movimiento, le orienta y permite, contra políticas sin principios, acciones sin continuidad, improvisaciones de a diario, determinar lo que acerca al objetivo y lo que aleja de él. A este título, es no un conocimiento científico del objetivo y del camino, sino una hipótesis estratégica reguladora. Nombra, indisociablemente, el sueño irreductible de un mundo diferente, de justicia, de igualdad y de solidaridad; el movimiento permanente que apunta a derrocar el orden existente en la época del capitalismo; y la hipótesis que orienta este movimiento hacia un cambio radical de las relaciones de propiedad y de poder, a distancia de los acomodamientos con un menor mal que sería el camino más corto hacia lo peor.

11. La crisis, social, económica, ecológica, y moral de un capitalismo que no hace retroceder ya sus propios límites más que al precio de una desmesura y de una sinrazón crecientes, amenazando a la vez a la especie y al planeta, vuelve a poner al orden del día “la actualidad de un comunismo radical” que invocó Benjamin frente al ascenso de los peligros de entre guerras.

 
- NOTAS -
[1] Ver Mascolo, D. (2000) A la recherche d´un communisme de pensée. Paris : Editions Fourbis, p. 113.

dimecres, 20 d’abril de 2011

CRISI, SOBIRANIES I CLASSES

Crisi, sobiranies i classes




Lo más notable de esto es que todos los afectados, el conjunto de la sociedad, consideran y tratan a la crisis como algo fuera de la esfera de la voluntad y el control humanos, un golpe fuerte propinado por un poder invisible y mayor, una prueba enviada desde el cielo, parecida a una gran tormenta eléctrica, un terremoto, una inundación.

Rosa Luxemburg


L'extensa literatura sobre la crisi capitalista ja ha aportat suficients dades i materials. En vindran molts més. El discurs dominant es basa en els
mantres del "sortirem de la crisi". Les crides i la retòrica de les classes dirigents insisteixen en l'equació "sacrificis de tots = sortida de la crisi". Apel·lant al sentit d'estat, a la fantasia d'un destí interclassista i utilitzant sistemàticament el "nosaltres" referint-se a tota la societat, els governants i els mass media embauquen les poblacions en un relat pervers que cerca la complicitat de tots amb un projecte que és el d'uns pocs. Diguem-ho clar: Aquest "Sortir de la crisi" que ens recepten és un axioma que comporta "més i més crisi" a escala social. La dimensió de la crisi real és, doncs, el seu cost social. Quanta més recuperació d'un index financer o bursatil, més demolició de la cosa pública.


El dispositiu polític -governamental i, fins i tot, parlamentari- es mou entre l'adaptació ressignada o assumida de l'esquerra convencional a les directrius alienes a la sobirania popular (organismes econòmics, mercats i
lobbies) o la pura i dura transmissió d'aquestes per part dels governants més marcadament Friendly Business. No es tracta d'una crisi centrada només en el model econòmic capitalista. La crisi actual també inclou una davallada de la sobirania política en tots els ordres i ens presenta la terra erma d'una democràcia de baixa intensitat a la qual li hem d' afegir la corrupció generalitzada i la conversió de la política en un exercici agonistic inspirat en el sondeig i el marqueting.
Aquests trets que, en gran part, són comuns a tota l'àrea occidental (i que adquireixen proporcions descomunals a les perifèries del capitalisme global i en els règims que trontollen gràcies a les revoltes lògiques i intermitents dels nostres dies) tenen la seva traducció a escala casolana.


Els governs europeus i occidentals en general, el govern espanyol i el govern català en particular, s'apunten a la demolició de l'estat social i a la execució en cadena de les mesures de "sortida de la crisi" que s'imposen des dels contorns de la societat i des dels extramurs d'una sobirania política cada volta més inviable, per no dir que impossible. Els de casa, el govern Mas, apliquen rigurosament el manual ultraliberal. La crisi és "la gran ocasió" i l'eufemisme que convoca al "gran sacrifici". Cal ressenyar també una opinió pública hegemonitzada per l'
statu quo mediàtic (liderat per l'ommipresent grup Godó), que posa a prova una societat poc mobilitzada, malgrat el clamorós saqueig social que està afectant de manera evident a les classes populars i, més encara, tenint en compte el factor afegit d'una atmosfera de concertacions i pactes socials esmorteïdora d'un més que justificat clima d'indignació i perplexitat.

La sola presència d'un home de negocis com Boi Ruiz al capdavant de la sanitat pública, per posar un exemple, pot animar una certa oposició social, la qual cosa ja comença a ser una realitat a la vista de l'estat d'alerta que es viu entre els treballadors dels hospitals i centres sanitaris. Es comencen, a la fí, a copsar els primers simptomes d'una resistència social esglaonada i per sectors que haurà de representar el repunt mobilitzador lògic i elemental pels temps que corren.


Les retallades comencen a desfermar una resposta social. Plataformes de divers signe, moltes d'elles des de la xarxa, altres a la manera tradicional, s'articulen per mostrar un estat d'indignacio. Joves que senyalen un nou "no future" que ens remet al d'altres temps de revoltes i contracultures en acció, treballadors i usuaris de la sanitat, sectors de les comunitats educatives, afectats per la crisi hipotecària... Aquests són els signes del carrer en temps de crisi: Quan les finances remunten, quan els beneficis de les grans empreses tornen a veure la llum i quan les borses van a l'alça, és quan la crisi social augmenta i quan aporta les condicions objectives que porten a una indignació col·lectiva. La sortida oficial de la crisi és així un grau més a l'escala de la barbàrie.


Tornant a la democràcia, a la sobirania i al descrèdit de la cosa pública, convindria orientar des d'una perspectiva de classe, social i política, una altra idea del "dret a decidir" més extensa -ultrapassant un context de politització de les idenditats, de consultes sobiranistes i de dilemes entre centre i perifèria- tot i plantejant una saludable hipòtesi revolucionària lligada als antagonismes socials.
La crisi -entesa com quelcom consubstàncial a la lluita de classes contemporània- requerirà de la seva corresponent actualització per resituar-la en el nucli central de la política. Ja que parlem de sobirania i de crisi, l'anticapitalisme emergent hauria de tenir el seu propi discurs, començant per una posada al dia d'aquella dita de Rosa Luxemburg que ens recorda que "sota el capitalisme no hi ha autodeterminació possible".
Podrà semblar que això és "una altra història", però no, ja que és justament la matèria determinant de la relació entre economia i societat, entre democràcia i sobirania i, per tant, pot ser el que ens permeti afinar molt més a l'hora de precisar quins són els eixos que determinen i conformen la història i la política en el sentit més universal dels termes.